Sermón para el XXIII Domingo de tiempo ordinario. Domingo 6 de septiembre de 2026
Ez. 33, 7-9
Rm. 13, 8-10
Mt. 18, 15-20
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1. La palabra de Dios que hoy hemos proclamado toca un tema especialmente importante de nuestra fe: el tema de la “corrección fraterna”. En él late una convicción fundamental: ningún cristiano debe permanecer indiferente ni debe inhibirse ante un hermano en la fe que adopta un camino equivocado, que vive y manifiesta actitudes que son contrarias al Evangelio y que, por ello, le pueden acarrear la perdición. Hay una solidaridad en la fe y en el amor que debe impulsarnos a ayudar, y una de esas ayudas puede ser la corrección, el hacer ver lo errado de una determinada conducta o acción, la infidelidad que supone determinadas actitudes, especialmente aquellas que tienen un carácter público y pueden ser materia de escándalo.
La corrección fraterna tiene su único fundamento en el amor cristiano. “A nadie debéis nada, sino amor”, nos ha dicho san Pablo; y también, “el que ama a su prójimo como a sí mismo ha cumplido la ley entera”. Si vivimos nuestra fe con ese amor al prójimo, a nuestro hermano, que es inseparable del amor a Dios, “no nos será indiferente” lo que haga; nos dolerá que se aparte de la verdad, que sea infiel al evangelio, que en su vida no se refleje la imagen y las actitudes de Cristo. Nos sentiremos en alguna medida “responsables de él” y procuraremos ayudarle para que su vida no se malogre. Ese sentido de la responsabilidad es el que ha expresado el profeta Ezequiel en la primera lectura: “te he puesto como atalaya en la casa de Israel” y si “no hablas, poniendo en guardia al malvado, para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre”. No puede ser más claro este texto. Todos somos en una u otra manera responsables unos de otros. Si por motivos humanos, por comodidad, por no querer complicarnos la vida, o por lo que sea, no ejercemos esa forma de amor que es la “corrección”, también nosotros somos culpables.
2. Pero la corrección fraterna tiene que salir del amor, y tiene como objeto “el cambio a bien”, o la conversión de nuestro hermano. No se puede ejercer a la ligera, ni llevar a cabo como si nosotros nos situáramos por encima de los demás. Porque una cosa es la “corrección fraterna” y otra muy distinta es “juzgar” a nuestros hermanos. Sabemos que el Señor nos dijo: “No juzguéis y no seréis juzgados”. Cuando juzgamos a alguien de alguna manera lo condenamos y lo encerramos en su pasado. Generalmente detrás de los juicios suele haber odio o resentimiento, cuando no envidia. Al juzgar nos colocamos por encima del juzgado, nos hacemos superiores. Y lo que es más grave: usurpamos una función reservada sólo a Dios, el único que conoce la verdad del corazón humano. No se trata de juzgar.
Corregir no es juzgar. En la corrección no se condena sino que se quiere salvar. Como nace del amor, sólo se pretende que el hermano recapacite y que, por sí mismo, vuelva al camino del bien. Corregir y reprender suponen que no le cerramos la puerta del futuro, sino que todavía esperamos en él, que todavía creemos que tiene remedio, que puede cambiar.